La tragedia del futuro

Por José Miguel Ávila
jmavila@enet.cu

Es doloroso que una persona se acueste sin probar un bocado de comida, cuando países como Estados Unidos gastan miles de millones de dólares en mantener su carrera armamentista y en ocupar naciones donde sobra el petróleo, aparte de las tragedias que desatan las intervenciones de las tropas imperiales.

Si estos millones fueran empleados a través de la ONU y los diferentes gobiernos para disminuir los 800 millones de hambrientos que existen actualmente en el mundo, hoy la situación sería diferente. Desgraciadamente, para la Casa Blanca más vale un barril de petróleo que un ser humano del mal llamado Tercer Mundo.

Es indigno ver cómo el famoso futbolista inglés David Beckham gana 16 mil 764 euros por minuto en el equipo Los Angeles Galaxy, mientras un niño sobrevive en una nación en vías de desarrollo con menos de un dólar diario.

Las Naciones Unidas se comprometieron, años atrás, a disminuir el número de hambrientos. Sin embargo, hoy vemos, con la política de convertir los alimentos en biocombustibles que más vale un auto del primer mundo que millones de personas necesitadas de cumplir con la alimentación requerida por un ser humano.

Esta situación es terrible para los pobres, ante los planes de Estados Unidos para la transformación de alimentos en biocombustibles, y calmar la sed de los 200 millones de automóviles que ruedan por las calles, carreteras y autopistas de la nación más rica y mayor consumidora de gasolina.

Para tener una idea de la dependencia del oro negro, solamente 82 naciones, calificadas como “Estados en Desarrollo”, son petroleras y se ven en la necesidad de importar el crudo. En el caso de Estados Unidos se gasta actualmente mil 200 millones de dólares diarios en comprar petróleo para producir electricidad y gasolina, entre otros derivados.

Este derroche de energía de los países industrializados, viene desde la época en que compraban el barril de petróleo a dos dólares, y utilizaban para su aprovisionamiento el Oriente Medio, México, Venezuela y luego a África.

Es evidente que las luchas del Tercer Mundo se centran, desde hace mucho tiempo, en problemas angustiosos, como el intercambio desigual, pues ofrecen muchas materias primas que luego son devueltas, ya elaboradas con una alta factura, pero demasiado caras para los más pobres.

Sabemos que las materias primas mantienen inalterable su precio en el mercado mundial, como ocurre en el caso del café y el cacao, mientras un tractor, un camión o un equipo médico requieren para su adquisición actual varias veces el volumen de productos necesitados anteriormente para importarlos.

Y es que las relaciones del mercado global, regido por los poderosos, esta diseñado para la explotación y el saqueo: ahí está el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que afecta, incluso, al propio pueblo estadounidenses, pues los laboratorios de investigación están en EE.UU. pero las plantas productoras están en China, Indonesia, Malasia o Corea del Sur, entre otros países.

Es doloroso que un ser humano no tenga alimentos, acceso a un sistema de salud pública bien diseñada y una vida digna. Al imperio global solo le importa su existencia y dominio económico, político y militar sobre el resto del planeta, sin darse cuenta que a pesar de ellos, vivir “en un primer mundo” la Tierra en la que vivimos es como un Titanic y podemos naufragar todos, incluidos los de la primera, segunda o tercera clase, y no habrá otros planetas salvavidas para socorrer nuestra existencia.

Los recursos naturales se agotan y con ello comenzará la tragedia del principio del fin.

La palabra, ejercicio de conciencia

José Miguel AvilaPor José Miguel Ávila
jmavila@enet.cu

Los que sentimos la necesidad de escribir disfrutamos de la palabra. En el caso de los periodistas preguntamos mediante ella, la redactamos y la publicamos. Luego los lectores, oyentes o televidentes la leen u oyen, y en el caso de la televisión, tiene su apoyo en la imagen. De ahí que digan los semióticos que una fotografía vale más que mil palabras.

Los reporteros hemos utilizado miles de palabras para dar a conocer las noticias, comentarios, reportajes y entrevistas y así difundir la realidad de este mundo -llamado aldea global, por el desarrollo de la informática y las comunicaciones, que lo han hecho cada vez más pequeño y cercano, a pesar de las enormes distancias-.

Pero las palabras significan mucho más, porque son el vehículo de contacto de nuestra vida con la realidad y, gracias a ellas, tomamos conciencia al plasmar lo vivido: nos ofrecen la posibilidad de significar toda la experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente, o sea, nos ayudan a dar sentido a la existencia.

Gracias a las palabras percibimos las diferencias, los contrastes. Y nos acercamos al mundo. Con ellas creamos y exploramos universos reales, en el caso de los reporteros, e imaginarios, en la concepción de los narradores -aunque los periodistas no debemos renunciar a lo subjetivo para embellecer el relato noticioso-.

Son puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad, y, cómo no, es también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos. Paradójicamente, también nos ayudan a tomar distancia, ganar perspectiva y también a desahogarnos.

“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, dejó escrito Michel de Montaigne, el gran escritor francés del siglo XVI creador del ensayo, el género literario más apropiado para desarrollar ideas y reflexiones.

Nos pertenecen las palabras a ambas partes en diálogo cuando éste es sincero, cuando se escucha atentamente, cuando hay voluntad de encuentro. En ellas nos situamos y por eso nos unen, nos llevan al intercambio, a la relación, al diálogo. Y así es como nos hacen ver, sentir y crecer.

Algunas condensan experiencias, sentimientos, anhelos e incluso una vida: el nombre del lugar predilecto, la canción que evoca el recuerdo, la poesía que siempre nos acompaña, la voz de nuestros afectos. Al escuchar palabras como: amor, amigo o padre, se evoca y recrea un universo de recuerdos y emociones, a veces más rico e intenso que la propia realidad.

Expresado desde la espontaneidad, un “adiós”, un “gracias”, un “por favor” o un “te amo” pueden iluminar un momento. Y según qué circunstancias, constituir el recuerdo que da sentido a una vida.

A menudo una voz amable y sincera es más terapéutica que cualquier medicamento. Puede llevarnos a la alegría y a la ternura desde lo más inesperado. Un “te amo” pronunciado por mi hija Isabella, para poner un ejemplo personal, puede hacerme desaparecer un momento de angustia.

La palabra sorprende y emociona. Con ella podemos hacer purificación interior: aliviar dolores, lidiar con las dudas, enojos y culpas, concluir discusiones, sanar heridas, persuadir miedos, liberar obligaciones, y terminar quizá con esclavitudes interiores.

La palabra tiene grandes poderes porque afirma, niega, denuncia, revela, desnuda, informa, conmueve y convence, pero nos toca a los humanos, que tenemos el don y el privilegio de ser poseedores de ella, elegir el lenguaje adecuado, en cada momento, como ejercicio de conciencia y responsabilidad.

La vida a los 40 años

Por José Miguel Ávila
jmavila@enet.cu

CakeCuando niños queremos que el tiempo vuele para llegar a adulto y manejar la vida al antojo. Pero, cuando llegamos a esa etapa, queremos que el tiempo se detenga, porque descubrimos que restamos años a nuestra existencia, y en cambio, no podemos hacer nada a nuestro capricho.

A los diez correteamos por los campos y tenemos los amigos más fieles. Siempre he pensado que las verdaderas amistades son, precisamente, los de la infancia. A los 20 años, si nos dedicamos al estudio, casi concluimos la carrera universitaria y queremos empezar a trabajar para ser independientes económicamente y deseamos renovar las empresas donde vamos a trabajar.

A los treinta ya hemos logrado importantes objetivos en la vida, pero cuando cumplimos más de tres décadas, nos volvemos inconformes y nos trazamos innumerables metas que motivan a seguir levantándonos con el amanecer, para continuar otra jornada de labor, aún cuando el calor de la cama nos atrae, y mantener con nuestros ingresos los gastos familiares y hogareños.

Al casarnos no siempre encontramos a la princesa azul, sino a la mujer que amamos realmente por sus virtudes, que minimizan los defectos. Y al poco tiempo llegan los hijos y de pronto nuestra vida cambia totalmente porque descubrimos el amor más incondicional y puro.

Las canas empiezan a poblarnos la barba y a invadir el cabello, y como si fuésemos vampiros, iniciamos el temor por los espejos, porque sin darnos cuenta envejecemos.

Casi llegamos a los 40 y maldecimos tantos años de inmovilismo y ambicionamos otra vida para alcanzar metas malogradas, pues no todo depende de nosotros y las circunstancias nos juegan una mala pasada en nuestro desarrollo personal y social.

Aterra ver cómo la calvicie inunda nuestra cabeza y nos volvemos barrigoncitos y alguna muela duele y tiene que ser extraída; mientras el asombro se apodera de nosotros cuando vemos cómo un niño de cuatro años maneja hábilmente un mouse de computadora para navegar, o en un juego infantil.

Llegamos a los 40 años y cuando enviamos nuestras fotos a los amigos que viven en otras ciudades y países nos dicen en sus repuestas: “¡Que viejo estas!” Pero luego, con cierto consuelo, descubrimos el encanto de arribar a las cuatro décadas, aunque obviamos la cuenta, que dentro de 40 más, tendremos 80 y nos damos cuenta que la vida puede seguir siendo intensa.

Pero la vida es corta, alegre y dolorosa, llena de algunas dificultades, pero es bella. Y es el mejor regalo de nuestros progenitores por lo que debemos cuidarla para prolongar dignamente nuestra hermosa existencia.

El amor no es un deporte en contacto

Por José Miguel Ávila
jmavila@enet.cu

José Miguel ÁvilaRecuerdo que en la década de los 90, del pasado siglo XX, una canción de la cantante pop norteamericana Whitney Houston se hizo popular por el estribillo que decía que el “amor es un deporte en contacto”. Hoy un estudio científico desmiente a aquella pegajosa letra, porque se ha demostrado que el amor es suficiente para no engañar a la pareja.

Otros estudios, según dice la agencia francesa de prensa AFP, “han demostrado que los humanos no se contienen cuando se trata de recibir una gratificación. Preferimos ceder al placer cuando aparece la oportunidad”.

Pero todo cambia cuando, afirman los estudiosos, se trata de lujuria, pues surge la paradoja de por qué las personas con relaciones duraderas resisten la tentación de tener relaciones sexuales extramatrimoniales, aún cuando pueden hacerlo en lugares muy privados sin ser descubiertos.

¿Cómo se logró demostrar esta investigación? El psicólogo Gian Gonzaga, sin acudir a la popular frase del trovador guatemalteco Ricardo Arjona “ayúdame Freud”, reunió a 60 universitarios heterosexuales, estudiantes de la Universidad de California, que mantienen una relación estable, de por lo menos tres años, y los invitó a observar muy detenidamente fotos de jóvenes sensuales de ambos sexos extraídas de diferentes web.

Luego el especialista escribió, de forma concisa, sobre lo que les atrajo de los adonis y las afroditas de las fotografías.

El estudio se organizó de esta forma: El primer grupo detalló, en su escritura, acerca del momento en el que tuvieron el sentimiento más fuerte hacia su actual pareja, mientras el segundo plasmó sobre el papel su affaire sexual más intenso y memorable, pero al tercer colectivo se le pidió que escribiera sobre lo que deseara.

Después se le pidió que no pensaran en las fotos de los mancebos y las majas, pero cada uno de los participantes en el estudio debían notificar cuántas veces les venía a la mente las deslumbrantes imágenes.

La agrupación analizada, que se centró en el amor y no en la lujuria, rememoró tres veces menos en la foto que el equipo que describió su encuentro amatorio más ardiente.

Los que hicieron apuntes sobre un tópico libre, al parecer, dicen los estudiosos, no pudieron extraer de su pensamiento las fotos y revelaron que pensaron en las fotografías seis veces más que el primer grupo.

Ante estos resultados el especialista Gonzaga dijo al boletín universitario: “Sentir amor por tu pareja parece hacer menos atractivo al resto de gente”.

El sorprendente estudio fue publicado por la prestigiosa revista especializada Evolución y Biología y en el semanario británico New Scientist.

En la ciudad de Holguín, a unos 800 kilómetros, al Este de Ciudad de La Habana, este reportero entrevistó a varias parejas con más de 20, 30 y 40 años de casados, y están de acuerdo con esta teoría, pues ha demostrado cómo el verdadero amor entre ellos los ha mantenido, a pesar de los años y las adversidades.

Bertha y Arabel, una pareja de holguineros que llevan 37 años de unidos, causaron asombro, durante un viaje de vacaciones a España, donde se encuentran sus hijos, porque en la península ibérica los divorcios, en todas las edades, están a la orden del día.

Olivia y Arquímedes con 50 años de matrimoniados, y a pesar del Mal de Parkinson que padece él, aseguran que el amor es la fuerza que los ha mantenido durante el medio siglo del enlace, y desean, como buenos esposos, morir los dos juntos.

Para este periodista, cuyo matrimonio apenas tiene siete años, espera que esta teoría no se desmientan en el futuro, para mantenerse, al igual que los señores mencionados, unidos y fieles hasta el final de nuestros días, y desmentir así que el amor no es un deporte en contacto.